
## El Disparo Imposible de Pancho “El 39” Alderete
En los llanos resecos de **La Aldana**, allá por el año de **1995**, el sol caía como hierro candente sobre los matorrales, y el aire olía a tierra y pólvora vieja. Aquella tarde, entre el zumbido de los insectos y el soplido del viento, **Pancho “El 39” Alderete** se encontraba revisando su inseparable rifle calibre .22, ese mismo que había acompañado su pulso en incontables jornadas de cacería. No era un arma nueva ni lujosa, pero en sus manos tenía alma, como si conociera los pensamientos de su dueño.
A unos metros de él, descansaban **Omar “El Pocospelos” Miramontes**, **Carlos “El Atos”**, y **Ramón Antonio “El Negras”**, tres hombres curtidos por el sol y el polvo, testigos de los días grandes y las noches largas de la sierra. Reían, bromeaban y contaban historias, cuando de pronto una silueta menuda y veloz apareció entre la yerba alta: **una ardilla parda**, esquiva y ligera, que cruzaba el campo como una centella, brincando entre piedras, espinos y matorrales, rumbo a un viejo muro de piedra seca.
Fue entonces cuando el tiempo pareció detenerse. Pancho se irguió despacio, el sombrero echado hacia atrás, los ojos fijos como dos filos de obsidiana. Levantó el rifle con una calma que sólo los elegidos conocen. Nadie habló. Ni el viento se atrevió a soplar. Los tres compañeros lo miraban con media sonrisa, seguros de que era imposible acertar aquel tiro: **la distancia era de cientos de metros**, la bestia apenas se veía entre el vaivén del pasto, y el sol reverberaba como un espejismo sobre la tierra.
Pero Pancho no dudó. Inspiró hondo, alineó el cañón, y cuando el mundo entero contuvo el aliento, **el disparo retumbó como un trueno en medio del silencio**. La bala viajó limpia, recta, sorteando el aire, la distancia y la incredulidad de los hombres.
Cuando el humo se disipó, sólo el eco quedó flotando sobre los llanos.
Los tres hombres corrieron hacia el muro, riendo y gritando, medio incrédulos, medio esperanzados. Y allí, entre la sombra de una piedra grande y la maleza, yacía la ardilla. **Ni un segundo disparo. Ni un rasguño fuera de lugar.** Justo en el punto mortal, como si la bala hubiera tenido ojos. El silencio que siguió fue distinto: no era asombro común, era respeto. **Habían sido testigos de algo más grande que la suerte o la puntería.**
De inmediato se corrió la voz por los ranchos y cantones de alrededor. En La Aldana, en Santa Bárbara, en San Ignacio y hasta en la sierra del Saucillo, se empezó a hablar del tiro imposible. Con el paso del tiempo, el relato creció como crecen las leyendas: adornado por el asombro y la admiración. Algunos juraban que la bala cambió de rumbo en el aire, otros decían que Pancho la guió con la mirada. Lo cierto es que **nadie volvió a ver otro tiro igual**.
Desde entonces, el nombre de **Pancho “El 39” Alderete** quedó grabado en las historias de fogón y las pláticas de madrugada, junto a los grandes cazadores y francotiradores del norte. Se dice que hasta los rifles nuevos se inclinan cuando pronuncian su apodo, y que los tiradores jóvenes, antes de jalar el gatillo, recuerdan aquella hazaña en voz baja, casi como una oración:
> *“Que me salga el tiro… como el del 39.”*
Y así, entre polvo, pólvora y memoria, el eco de aquel disparo sigue resonando en las llanuras de La Aldana. Porque los tiros se olvidan, las presas se pierden, pero **las leyendas… ésas nunca mueren.**
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